Cuando se empieza a contar una historia, cualquier lector u oyente ansia saber el desenlace,
es como alcanzar la saciedad extrema que puede suponer
algo por lo que se muestra interés, ya llega el final de mi historia,
el final de la vida de Anahüa.
Las palabras se quedaban atrancadas en mi boca cuando vi a mi capitán,
tenia mil cosas que preguntarle, mil dudas por resolver,
pero no podía articular ni siquiera una palabra.
- Si, aquí estoy.
Fue el quien no dejaba de hablar,
en mis oídos sentía la emisión del sonido de su voz pero no lo escuchaba, sólo lo miraba,
estaba bastante mas delgado, demacrado pero seguía transmitiéndome toda esa esencia
que hacia que el jardín de mi vida aflorara como si se tratara de la mas maravillosa de las primaveras,
el mi verdugo y mi salvador, el mi carcelero y mi libertador, el mi destino y mi vida, el estaba ante mi.
Cuando mis poros tomaron conciencia del momento me descubrí entre sus brazos y
entonces el silencio era el único dueño del momento.
-Anahüa, me tuve que unir por la patria a una mujer a la que nunca amé,
ahora soy viudo, y lo único bonito que me queda de ella es Elizabeth, una niña que me regaló hace unos meses.
-Mi vida no ha sido fácil sin ti, y yo te regale 2 hijos, -por fin puede articular.
-devuélveme la vida, por favor..-dijo el.
Trás esa conversación vinieron muchas más y más y más...
y la conclusión única era que yo lo amaba tanto que ni podía ni quería obviar ese sentimiento,
lo creí, y junto a nuestros tres hijos empezamos una vida de paz y tranquilidad
que me hacia temblar de miedo pero a la misma vez me hacia inmensamente feliz.
Tuvimos una larga vida juntos, y yo enterré mis esposas de esclava bajo la sepultura,
que nos unió eternamente, estaba claro que bajo la tierra que nos vio nacer,
el color que se veía era rojo tan rojo como la sangre que corría por nuestras
venas durante toda nuestra existencia, era de esperar, "que el color del amor es sangre".
Sandra.

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