" La libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad,se puede y debe aventurar la vida".

Afortunados somos pues de libertad de expresión disponer, apresurémonos a un buen uso de ella hacer.
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No sabe, no contesta



  Ay Cristiníta, Cristiníta. Infanta de España, hija de reyes. Infantíta cuya infancia transcurrió entre las cuatro paredes de palacio. Siempre acompañada de guardaespaldas, amigos seleccionadas de acuerdo a tu posición. Colegios privados, universidad privada. Siempre en tu burbuja, en tu jaula de cristal.

  Qué bonita, Cristiníta, tu boda de princesa en Barcelona. Con un deportista alto y guapetón, de buena familia. Y por amor. Caballos, carrozas, más princesas, príncipes, reyes y reinas. Paralizaste una ciudad y todo un país. La pareja perfecta. A tu pobre hermana, Eleníta, siempre la compararon contigo: "mira Cristiníta e Iñaki, tal para cual".

  Y esa prole... Cuatro hermosos y rubios hijos. La niña, con nombre de princesa, también llegó. Familia modélica, familia feliz, modelo de familia de alta alcurnia que había decidido bajar al mundano mundo. Pareja enamorada y trabajadora con familia "a la que tenemos que darle de comer" como diría en televisión tu esposo en una ocasión. Qué maravilla. La realeza se ha modernizado, los cuentos de princesas ya no existen, son más accesibles a nosotros, viven como nosotros. En un palacete de seis millones de euros, eso sí. Pero que están pagando con el sudor de su frente, con su trabajo, qué infantita más moderna.

 Pero todo al final se fue al "traste". Llegó la crisis y la corrupción. Y resulta que tu Iñaki no trabajaba, sino que defraudaba y robaba. Y a todo el conjunto de españoles que hiceron un día de tu padre Rey. Gracias a los cuales tu eres infantíta de España y vives con ciertos privilegios, muchos, mientras otros no tienen para pagar su casa o tan siquiera hacer la compra. Y tu no sabías nada le dijiste al juez. Hasta tal punto no sabías nada que te tuvo que explicar en sala, powerpoint incluído, lo que es una sociedad mercantil y lo que supone tenerla al 50% con tu marido. Yo imagino que te tapaban los ojos con pañuelo de seda cuando firmabas como administradora o incluso presidenta de sociedades. O cuando te alquilabas a ti misma tu palacete de seis. Seis millones de euros, digo. Entiendo que también te taparían los oídos, o que las firmas y juntas de las sociedades eran mudas. "Si yo solo contraté mimos para mis hijos y le celebré la comunión al mayor de todos, como cualquier madre", dirás. Pero, cuando pasabas la tarjeta de crédito, ¿sabías de dónde salía el dinero para pagarlo todo? No, no lo sabías. O no tenías conocimiento de ello, como también le dijiste al juez.

  Cristiníta, déjame que te de un consejo. Sabes de sobra que el juez te va a archivar la causa y te vas a "librar". Pero de lo que no te libras es de la repudia social, de los cuernos que has llevado y del irreparable daño que le has hecho a tu padre y la institución que representa. Pero sobre todo, a tu hermano, que se supone que más pronto que tarde tendrá que ponerse al frente y por mucha culpa tuya si lo hace, será entre una polémica tal que lo más posible es que le cueste el cargo. Dios no quiera que tenga que huir como lo hizo tu bisabuelo por el puerto de Cartagena. Así que, Cristiníta, divórciate y quédate en Suiza con tus niños a vivir con tranquilidad. Y si te quieres ir más lejos, pues vete. Pero deja de "jodernos" a los españoles el Estado de Derecho que aún tenemos. Hazme caso, que es por tu bien, no por el mío. Yo caeré si todo cae; tu, no.

Ana Soto.
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