Parte primera.
ANAHÜA.
05 de abril de 1861, la lluvia dificultaba junto con la velocidad del ferrocarril que mis ojos vieran el paisaje que afloraba en ese viaje que nunca olvidare por mucho que el tiempo pase.
Me llamo Anahüa y naci en Alabama el 20 de septiembre de 1842, sabía que mi destino en ese momento me obligaba a salir del estado que mas amaba, el color de mi piel me obligaba a ello.
Si me paraba a observar a mi alrededor el panorama era totalmente desalentador, a mi izquierda viajaba mi bella madre cuyos ojos desprendían amargura bajo el agua que corría por sus mejillas para desembocar en su barbilla, hacia solo dos días que mi padre había muerto y su cuerpo se quedo descansando por siempre en nuestra pequeña granja situada en el sur de Alabama (sur de los EE.UU).
Nuestros amos siempre nos trataron con el máximo de los respetos a los que unos esclavos podían aspirar en esa época y en esa zona del país, tras la muerte de mi padre su bondad fue tal que nos concedieron la libertad a mi madre y a mí.
Eran tiempos difíciles los que se estaban librando en los Estados Unidos, el norte y el sur sufrían una tensión extrema por la guerra de secesión que ya era imposible evitar, asique madre y yo tras la obtención de nuestra libertad decidimos viajar hacia los estados que gobernaba la Unión (las fuerzas de los estados del norte) para así de esta forma y desde nuestro humilde pensamiento unirnos a los abolicionistas.
Cuatro días después de emprender nuestro viaje, pisamos tierras de la Unión, Carolina del norte se abría ante nosotras, la estación era un ir y venir de gente, hombres despidiéndose de sus familias, niños que lloraban sin sentido, mujeres que despedían a su amado, padres y madres que lloraban la muerte de sus hijos dándoles un abrazo antes de embarcar, y allí estaba yo y madre, sin saber ni siquiera por donde salir de aquel tumulto, pero tras muchos tropezones conseguimos llegar a las afueras de esa locura.
Teníamos varias direcciones a las que acudir, lugares donde encontraríamos cobijo, aun lo recuerdo todo como si estuviera ocurriendo en piel en este momento, los pies rotos, el rostro cansado de mi madre cuando por fin llegamos a aquel albergue donde una alfiler era casi imposible que tuviera acceso, pero allí nos quedamos, entre toda esa gente sin hogar, donde el color de nuestra piel no era un problema, donde blancos, negros y mestizos tenían los mismos derechos y obligaciones y gozaban de los mismos privilegios y desventuras, y llovía, llovía tanto, cada hora , cada día, cada semana, cada mes….
Abril de 1861 fue muy húmedo tanto dentro de mi alma como fuera de ella, mayo fue de la misma forma, junio no nos dejo tampoco ver el sol y el 12 de este mes, la luz de mi vida se apago por completo, ya hacía dos meses que había empezado la guerra entre la Unión y la Confederación (Estados confederados de América, integrados por once estados pertenecientes al sur de lo EE.UU) y ese día una neumonía quiso que madre volviera Alabama junto a mi padre.
Las noticias que llegaban al albergue eran devastadoras, los muertos crecían en las listas de las plazas principales y yo no sabía porque mi nombre no aparecía en esas listas cuando tanto lo deseaba, y así fue como buscando un destino que anhelaba con esmero el 30 de junio de 1861 decidí unirme a las mujeres voluntarias que partían al frente con la única intención de intentar sanar a aquellos hombres que por obligación o por deber caían heridos en los campamentos.
De nuevo el ferrocarril me encamino hacia el sur donde mayoritariamente se estaba librando la guerra, mi pensamiento era ir de un campamento a otro otorgando mi miserable ayuda, pero fue en Arcansas donde mis viajes tuvieron su fin.
Si la imaginación tiene cavidad en este momento os concedo la dicha de observar a través de un sin fin de penurias y así de esta forma podréis situar vuestra mente en el horro que mis ojos apreciaron, eso que yo vi sí que era la guerra nada tenía que ver con lo que yo podía haber imaginado desde el albergue nada que ver con lo que se aprecia desde los palacios de la gran política ni en los agujeros más hondos de las cloacas, el olor a sangre q emanaba de la tierra me hacía sentir mareada, los soldados desfigurados por las amputaciones quemados por la pólvora y devastados por la locura.
Cada mañana forzaba a mis parpados a abrirse para acudir a ayudar a esa gente que únicamente soñaban con la paz.
Todos los días vivía una aventura nueva sin moverme del lugar una de terror y mas terror, y entre todo ese sufrimiento un caballo coceo con sus patas traseras al tiempo de yo cruzar desde la tienda de amputados hasta la de quemados golpeándome sin piedad dejándome caer al barro q había por suelo, cuando la conciencia volvió a mi ser, sus ojos negros atravesaron mi alma para anclarse en mi corazón, y así fue como conocí al padre de mis tres hijos, era el capitán Alfred Sherman....y yo desde ese momento en el cual sus ojos me miraron me di cuenta que volvía a ser esclava, pero esta vez para siempre.
Sandra.
ANAHÜA.
05 de abril de 1861, la lluvia dificultaba junto con la velocidad del ferrocarril que mis ojos vieran el paisaje que afloraba en ese viaje que nunca olvidare por mucho que el tiempo pase.
Me llamo Anahüa y naci en Alabama el 20 de septiembre de 1842, sabía que mi destino en ese momento me obligaba a salir del estado que mas amaba, el color de mi piel me obligaba a ello.
Si me paraba a observar a mi alrededor el panorama era totalmente desalentador, a mi izquierda viajaba mi bella madre cuyos ojos desprendían amargura bajo el agua que corría por sus mejillas para desembocar en su barbilla, hacia solo dos días que mi padre había muerto y su cuerpo se quedo descansando por siempre en nuestra pequeña granja situada en el sur de Alabama (sur de los EE.UU).
Nuestros amos siempre nos trataron con el máximo de los respetos a los que unos esclavos podían aspirar en esa época y en esa zona del país, tras la muerte de mi padre su bondad fue tal que nos concedieron la libertad a mi madre y a mí.
Eran tiempos difíciles los que se estaban librando en los Estados Unidos, el norte y el sur sufrían una tensión extrema por la guerra de secesión que ya era imposible evitar, asique madre y yo tras la obtención de nuestra libertad decidimos viajar hacia los estados que gobernaba la Unión (las fuerzas de los estados del norte) para así de esta forma y desde nuestro humilde pensamiento unirnos a los abolicionistas.
Cuatro días después de emprender nuestro viaje, pisamos tierras de la Unión, Carolina del norte se abría ante nosotras, la estación era un ir y venir de gente, hombres despidiéndose de sus familias, niños que lloraban sin sentido, mujeres que despedían a su amado, padres y madres que lloraban la muerte de sus hijos dándoles un abrazo antes de embarcar, y allí estaba yo y madre, sin saber ni siquiera por donde salir de aquel tumulto, pero tras muchos tropezones conseguimos llegar a las afueras de esa locura.
Teníamos varias direcciones a las que acudir, lugares donde encontraríamos cobijo, aun lo recuerdo todo como si estuviera ocurriendo en piel en este momento, los pies rotos, el rostro cansado de mi madre cuando por fin llegamos a aquel albergue donde una alfiler era casi imposible que tuviera acceso, pero allí nos quedamos, entre toda esa gente sin hogar, donde el color de nuestra piel no era un problema, donde blancos, negros y mestizos tenían los mismos derechos y obligaciones y gozaban de los mismos privilegios y desventuras, y llovía, llovía tanto, cada hora , cada día, cada semana, cada mes….
Abril de 1861 fue muy húmedo tanto dentro de mi alma como fuera de ella, mayo fue de la misma forma, junio no nos dejo tampoco ver el sol y el 12 de este mes, la luz de mi vida se apago por completo, ya hacía dos meses que había empezado la guerra entre la Unión y la Confederación (Estados confederados de América, integrados por once estados pertenecientes al sur de lo EE.UU) y ese día una neumonía quiso que madre volviera Alabama junto a mi padre.
Las noticias que llegaban al albergue eran devastadoras, los muertos crecían en las listas de las plazas principales y yo no sabía porque mi nombre no aparecía en esas listas cuando tanto lo deseaba, y así fue como buscando un destino que anhelaba con esmero el 30 de junio de 1861 decidí unirme a las mujeres voluntarias que partían al frente con la única intención de intentar sanar a aquellos hombres que por obligación o por deber caían heridos en los campamentos.
De nuevo el ferrocarril me encamino hacia el sur donde mayoritariamente se estaba librando la guerra, mi pensamiento era ir de un campamento a otro otorgando mi miserable ayuda, pero fue en Arcansas donde mis viajes tuvieron su fin.
Si la imaginación tiene cavidad en este momento os concedo la dicha de observar a través de un sin fin de penurias y así de esta forma podréis situar vuestra mente en el horro que mis ojos apreciaron, eso que yo vi sí que era la guerra nada tenía que ver con lo que yo podía haber imaginado desde el albergue nada que ver con lo que se aprecia desde los palacios de la gran política ni en los agujeros más hondos de las cloacas, el olor a sangre q emanaba de la tierra me hacía sentir mareada, los soldados desfigurados por las amputaciones quemados por la pólvora y devastados por la locura.
Cada mañana forzaba a mis parpados a abrirse para acudir a ayudar a esa gente que únicamente soñaban con la paz.
Todos los días vivía una aventura nueva sin moverme del lugar una de terror y mas terror, y entre todo ese sufrimiento un caballo coceo con sus patas traseras al tiempo de yo cruzar desde la tienda de amputados hasta la de quemados golpeándome sin piedad dejándome caer al barro q había por suelo, cuando la conciencia volvió a mi ser, sus ojos negros atravesaron mi alma para anclarse en mi corazón, y así fue como conocí al padre de mis tres hijos, era el capitán Alfred Sherman....y yo desde ese momento en el cual sus ojos me miraron me di cuenta que volvía a ser esclava, pero esta vez para siempre.
Sandra.

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