Cuando se abrió la puerta de mi celda, el entraba con el mismo miedo con el que un conejo corre dentro de su madriguera cuando siente que lo persigue el hurón que le va a dar caza, el miedo era dueño de su mirada, la cual clavo en la mía y sin aire me dejo en ese instante.
Luís había robado un banco a mano armada, no me hablo ni una sola palabra hasta pasados dos meses de su ingreso, aunque yo ansiaba que lo hiciera cada día, a cada instante.
Los tatuajes que decoraban su piel me tenían sometido totalmente en el pensamiento de rozarlo, sentir sus labios, su tacto sobre mis dedos. Olía a prisión como todos nosotros pero, su aroma me atraía como dulce veneno.
El seguía sin mirarme sin hablarme. Su dulce respiración me llevaba a la locura cada noche, y yo no me atrevía a decirle nada, sabia que estaba triste, melancólico, pero no podía acceder a el porque el miedo que el me transmitió cuando entro era el mismo que sentía al pensar en el, ya la luz de la ventana se veía sombría bajo su presencia, ya veía mi libertad a través de mi miedo...
Sandra

0 comentarios:
Publicar un comentario